Miguelángel Díaz Monges

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Miguelángel Díaz Monges

Bienvenue à la maison d'un métèque universel

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Quisiera saber menos de lo que ella escucha

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(Cuento publicado originalmente en Ficticia y en La Guarida de Cosme Álvarez)

 

No hay paz que deje de pagar pleno tributo al infierno

-Malcolm Lowry

 
Por cuarta vez en media hora, Beatriz levantó la bocina. El tiempo se daba su tiempo. Sedaba su tiempo. Al otro lado de la línea sólo escuchó ese radio encendido que reproducía una pieza barroca interminable. Una pieza barroca muy larga y muy bella. Tediosa y acaramelada.

-¡Enrique! -gritó-. ¡Enrique! -Aunque sabía que su grito era inútil y empezaba a ser ingenuo, quizá histriónico, desde luego histérico. Dicho y pase, aunque lo mío no es analizar las actitudes de Beatriz. Tampoco las de Enrique o las mías.

Esta vez colgó con fuerza. Pensó obstinadamente, hasta la distracción. Quería levantar esa bocina y saber que alguien, del otro lado, había cortado la llamada y que le hablarían para darle la noticia que conocía perfectamente bien."Veamos... Alcanzó a marcar su número -previó-. ¿De qué hablaron?" Hablar no, ni hablar. No hablaron. Música, pura y elocuente música. Una melodía armonizada con crueldad o algo así. Desde luego, no esperaba con ilusión esa llamada. Quizá era preferible la música. Generalmente lo es. No querría verse involucrada. No quisiera estarlo. Por eso, y con la exención del teléfono bloqueado, omitió dar aviso. "¿De qué?: No sé dónde está, no sé si es sólo un chantaje. Mejor que lo encuentren. Lo encontrarán, supongo. "

Le hubiera gustado sentir algo distinto a ese atosigante deber cívico. En ese momento prefería tener para Enrique algo que no pareciera moral, algo que indicara siquiera un poco de amor. Quisiera sentir, si no, algo intensamente moral: misericordia, culpa, "¡¿qué sé yo?!".
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Conjura de necedades

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Mis hijos han recibido buena educación y son muy considerados: me hacen creer que creen en Peter Pan y en los gnomos. En correspondencia, yo les hago creer que creo en Dios, los Pumas y el Real Madrid, en Bermúdez no. ¡Panda de mentirosos, pero todos contentos!
 
También les tengo dicho que, si no estudian, cuando crezcan le van a ir al América. Eso es muy eficaz porque ya saben que los americanistas son culebros, igual que los del Barça (a excepción, claro, de Vázquez Montalbán, q.e.p.d., Serrat y Zapatero, o éste quién sabe). Después vienen las enmiendas: en menos de 24 horas Pumas pierde contra Cruz Azul y el Real contra el Barça, Zapa saca el cobre, al final gana la liga el Athletic (¡gora!) y cuesta pensar que Pumas se lleve el título: no siempre ganan los mejores. Los culebros también ganan una que otra vez, o casi siempre, pero eso no mejora ni empeora el mundo, lo diversifica. Si la gente de bien ganara más seguido existirían más Intocables y menos Padrinos de Coppola y eso sería una lástima pese a la irresistible simpatía que despierta el Eliot Ness de Robert Stack. Tampoco existiría El golpe. Casablanca sí. En Casablanca todos ganan, todos tienen razón y todos dicen la verdad necesaria, quizá ese absurdo constituye el encanto de la película, tan mentirosa y considerada. No es alegre pero ofrece un mundo deseable. El equilibrio es importante. Cuando los monigotes de mi hijo se cansan de ser superhéroes (¡prohibida la guerra, prohibido matar!) se sientan a ver la telenovela imaginaria “Matones y enamorados”. No se sabe de qué trata tan atractiva serie, la cosa es que ni guerra ni muertos, porque, si se atiende a los buenos modales y a la lógica más elemental, que haya matones no implica que haya muertos. No es bicondicional. Mi hijo es “índigo”, dice su madre: ¡Índigo tu padre y toda tu familia, nosotros somos gitanos en el peor de los casos!, ¡Índigo, no indio, idiota racista, renegado, hijo de tu gachupinche parentela! Qué bárbara, qué maneras, que falta de consideración, ¡y luego te dices cristiana! Mis hijos están bien educados y me consideran mucho: fingen que la guerra y la matadera les parecen aberrantes.
 
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Soneto del anhelo equívoco

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De toda la memoria sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños
                            --Antonio Machado
 
Si yo no fui aquello que soñabas
Tampoco fui la ruina de tu sueño
No era por mí por lo que tú llorabas
Ni quise hallar en tu soñar mi dueño.


Ninguna espera de la vida es vana
Ningún reproche es justo a los deseos
El anhelo sucumbe cuando gana
Y es soñar del vivir los escarceos

Si esperaste de mí lo que yo no era
Y tú no fuiste porque me esperaste
Fuiste lo mucho que soñó la espera

Nunca fue por no ser que tú lloraste
Sino porque la vida verdadera
Era otro sueño que tú no deseaste.

 

Polvo Eres (Tributo a Octavio Paz mediante un viejo texto)

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En junio de 1989 empecé a publicar bajo la batuta del gran Huberto Batis. El camino a "Sábado" era largo y había que empezar por las páginas culturales del unomásuno. Esto fue lo segundo o tercero que publiqué. Lo rescato hoy como un oportuno tributo a Octavio Paz (31 de marzo de 1914 -19 de abril de 1998), que aún vivía- en su natalicio y a mi abuela Chepa (1913-2008), que para el corazón tiene muy poco de haber fallecido. Tanto a Paz como a Chepa dediqué incontables páginas después, no sólo en En el Retrete del Mosto; ambos son constantes en mi obra y mi inventario sensible (y, a veces, sensiblero).

POLVO ERES
Miguelángel Díaz Monges

Puestos a hablar de cultura, es necesario mencionar a mi abuelita Chepa. No tengo la menor idea de cuál será su escolaridad, pero sé que durante algunos años trabajó en la Biblioteca del Congreso, donde conoció al periodista Roberto El Diablo, “medio vulgar”, y a don Francisco Hernández y Hernández (papá de Tulio), “una dama”.

Su contacto con los libros era de un profundo respeto mutuo: ni ella se metía con ellos ni ellos con ella. En una ocasión, sin embargo, llegó un hombre “de lo más fino” hasta su escritorio pidiéndole que le permitiera llevarse un libro a su casa, lo cual estaba prohibido. Se trataba de un libro en alemán dificilísimo de conseguir. Mi abuela, consciente de sus deberes para con la cultura, se lo regaló. Unas semanas después llegó un desconocido a devolver el libro, explicando que lo había encontrado en el escritorio de un amigo (curiosa y servicial amistad, por cierto). Así, el libro fue restituido al acervo de la Biblioteca y la cultura -como criatura cuaresmal- volvió al polvo.

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