El hombre trágico sienta cabeza, se labra un porvenir y, en resumen, sale adelante. Entretanto el hombre cómico anda de tumbo en tumbo, dando palos de ciego –por ceguera o por mera manía-, con el presente al cuello, el mañana en ascuas y la circunstancia tirada a la bartola. El pretérito del hombre cómico es un desorden más o menos divertido y bastante patético, aunque a veces no. El trágico se asegura un futuro con los pies en la Tierra y vive en paz. Ya se sabe que de nacimiento uno trae el futuro asegurado, pero si sólo se considera ese futuro no hay para qué escribir ni una palabra. El cómico va a su aire, suele contrariar a propios y extraños y toma decisiones precipitadas sobre cosas trascendentes. El hombre trágico pondera. Es previsor. El hombre cómico es desmedido y se aferra al instante, aun si todo cuanto puede ofrecerle el presente son preocupaciones por el futuro. El trágico no ríe gran cosa. Tampoco se sabe de muchos cómicos a los que les caiga en gracia su paradigma existencial. En abstracto -a menos que se conceda que ir a la deriva es azaroso, cosa inaceptable- el cómico es igualmente trágico, de un modo distinto, quizá más sutil o menos evidente. Lo cierto es que parte de su condición trágica consiste en ignorarla.
No. Lo trágico del cómico es su encierro en la comedia. La comedia es trágica como la tragedia, ambas inmutablemente escritas, previstas o movidas por impulsos ocultos calculados como vectores y dirigidos con toda precisión a puntos predeterminados. El día que el cómico abandone la comedia, la tragedia descansará de su omnímoda presencia. La comedia es un obstáculo para el buen devenir de las cosas. Las cosas son trágicas. El supuesto de que el hombre o el azar actúan eficazmente obstruye la visión de los hechos, cosa que no representa ningún contratiempo para el suceder universal. La soberbia de la razón no agota el ámbito de la sinrazón, le ayudan los rituales cavernarios, la animalidad con su lastre de rebelión contra el condicionamiento. Como efecto de un conflicto de pulsiones, el escorpión magenta del Darién suele encajar su aguijón en tallos de arbustos urticantes. El asunto está poco estudiado. La capacidad encefálica es un agrandamiento de las virtudes y los vicios de la bestia resagada. Todo se hace más nítido, pero nada distinto. Alguien lo escribió con toda lucidez: “La civilización no suprime la barbarie, sólo la perfecciona.” La visión trágica del mundo y sus fenómenos es menos rebelde que la cómica. Todo otero cómico es una plataforma hacia el suicidio: el pensador cómico o el cómico pensante -no importa la diferencia- no argumenta, sino que hace girar el tambor de un revólver que le apunta a la sien.
El cómico se contonea en la dicha fársica como pelele cuya cruceta se mueve según el canto del macho cabrío. ¿Alguien vio a una marioneta volverse hacia los dedos que la manipulan? Tal vez el hombre cómico siente los hilos que lo mueven y adivina la mano inagotable que lo usa. Tal vez el hombre cómico sabe que es trágicamente incapaz de librarse de su condición trágica. No lo confesará, podemos asegurarlo.
No. Lo trágico del cómico es su encierro en la comedia. La comedia es trágica como la tragedia, ambas inmutablemente escritas, previstas o movidas por impulsos ocultos calculados como vectores y dirigidos con toda precisión a puntos predeterminados. El día que el cómico abandone la comedia, la tragedia descansará de su omnímoda presencia. La comedia es un obstáculo para el buen devenir de las cosas. Las cosas son trágicas. El supuesto de que el hombre o el azar actúan eficazmente obstruye la visión de los hechos, cosa que no representa ningún contratiempo para el suceder universal. La soberbia de la razón no agota el ámbito de la sinrazón, le ayudan los rituales cavernarios, la animalidad con su lastre de rebelión contra el condicionamiento. Como efecto de un conflicto de pulsiones, el escorpión magenta del Darién suele encajar su aguijón en tallos de arbustos urticantes. El asunto está poco estudiado. La capacidad encefálica es un agrandamiento de las virtudes y los vicios de la bestia resagada. Todo se hace más nítido, pero nada distinto. Alguien lo escribió con toda lucidez: “La civilización no suprime la barbarie, sólo la perfecciona.” La visión trágica del mundo y sus fenómenos es menos rebelde que la cómica. Todo otero cómico es una plataforma hacia el suicidio: el pensador cómico o el cómico pensante -no importa la diferencia- no argumenta, sino que hace girar el tambor de un revólver que le apunta a la sien.
El cómico se contonea en la dicha fársica como pelele cuya cruceta se mueve según el canto del macho cabrío. ¿Alguien vio a una marioneta volverse hacia los dedos que la manipulan? Tal vez el hombre cómico siente los hilos que lo mueven y adivina la mano inagotable que lo usa. Tal vez el hombre cómico sabe que es trágicamente incapaz de librarse de su condición cómica. No lo confesará, podemos asegurarlo.







Comments